martes, 18 de mayo de 2010

Y tenía un Lunar.

La rebeldía objetaba de que este nuevo estilo marcado por los Historiadores del Arte era bastante blasfemio, fiestero y por sobretodo, malgastador vulgar.
Pero tú no creías eso. Para nada, mirabas el Rococó como si fuera una simple visión anticuada del estilo Pop Art. (Porque de algo tenía que vender y festejar ¿No?) Encontrabas que aquellas mujeres como la princesa de Austria valían bastante como Mujer modelo a seguir.
¿Qué importaban las leyes y las enseñanzas vistas? La acción se encontraba en descubrír nuevas sensaciones a partir de lo inigualable, romper con esa cultura sobresaliente que remarcaba tanto, hasta el día de hoy.
Incluso pensaste que todos deberían pertenecer un poco para aprender a convivír en este nuevo Mundo que se desarrollaba, de a granito.
Zapatos a Tacones, un poco de Rush en los labios, brillo excesivo en los ojos con sus respectivas sombras, y aquel colorete que adoraba las mejillas en un tono carmín. Faltó el córcel apretado, que remarcaba la cintura delgada, un vuelo lo bastante pronunciado para demostrar que tenías buenas caderas y porsupuesto, su rosa picarona entre las manos Junto a la cabellera llena de Rulos perfectos.
¿Qué más? Ah cierto, ese anillo que verificaba que estabas en vías del casamiento. (En síntesis, todo funcionando a la perfección.)
Unos tragos antes de danzar por la habitación en busca de miradas curiosas y cuando menos lo esperaste, una figura esbelta, delgada y por sobretodo masculina se acercó a ti.
No pudiste contener la risa, apenas si eran las cuatro de la mañana y con tu tercera copa entre los dedos reciminaban tu torpe error. (Sólo te quedaste ahí, con uno. ¡Mirate!) Unos ojos algo esquivos pero adorables, la risa tapada, el humo de los cigarros esparcidos. ¿Qué más faltaba?

—Señorita... — llamó ese hombre que seguía a tu lado conversando. — ¿Le puedo decir algo?
Asentiste con una sonrisa sensual e inocente. Convinación bastante fuerte para un simple hombre. — Claro.
—Usted tiene... perdone que se escuche extraño y un poco ansioso. — pausó, mirandote a los ojos. — Pero usted tiene, un hermoso Lunar en su pierna izquierda, y desde aquí me vuelve algo loco.
—¿Enserio? Gracias por el cumplido. — agradecidste segura, jugando con algún mechón de tu pelo castaño. — Dígamos que es un arma mortal. ¿Desea tocarlo? — El hombre se sorprendió y algo tímido afirmó. — Toquelo. — Cuando viste que el hombre se acercaba con una de sus manos a tu pierna delicada, ya a centimetros, corriste la posición. — Oh oh. Así no. Recuerde que aquí, nada es tan irreal.

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